Espectro

 

Tenía muchos amigos, pero cada uno era especial. Vivían felices en mi casa y me hacían compañía. Como Bernardo era mi favorito, siempre estábamos juntos. Su aspecto era descuidado: con sobrepeso, todo el cuerpo cubierto de pelaje, siempre camisa a cuadros y ropa vieja y apestosa. Aún así era feliz en compañía suya. Acostumbrábamos a desayunar y examinar el diario cada fin de semana, él siempre junto a mis pies mientras yo le contaba las noticias en voz alta. Él no podía leer.

Un domingo, mientras le leía el periódico, en un segundo nuestro buen humor se convirtió en pavor al enterarnos de que habían ocurrido varios asesinatos en los últimos días cerca de donde vivíamos. Sin embargo, esto no impidió que lleváramos a cabo nuestra rutina de ir al parque después del almuerzo. Era un día especialmente soleado, y después de media hora de juegos, volvimos a la casa. Al llegar al hogar, nos pusimos de acuerdo en que lo ayudaría a bañarse. Una que otra vez llegó a morderme la mano e intentar escapar, pero cuando empezaba a ponerle el shampoo en la cabeza y el cuerpo se estaba quieto, pues sabía que de otra forma habría castigo. Nada me complacía más que ver cumplida mi labor. Al terminar nuestros fines de semana, nos dirigíamos a la cama, y yo hacía dormir a Bernardo en el piso de mi habitación.

El tema de los asesinatos me tuvo algo aturdido aquella noche. Al día siguiente de que leímos la noticia en el periódico, me preparé para ir a trabajar con un sentimiento extraño. Pero al despedirme de Bernardo y mimarlo con una caricia, quede tranquilo de saber que mi fiel amigo estaría ahí cuando regresara y salí para la oficina con una sonrisa en la cara.

A pesar de todo, los problemas continuaron ese día. A poco de que terminara el horario de trabajo, me sentía frustrado por unas cuentas importantes que no habían salido bien. Decidí quedarme horas extra, pero antes dormí un rato para despejar mi mente. En el breve sueño que tuve, me veía a mí mismo en el parque, buscando a alguien sin saber por qué ni exactamente a quién. Miraba a mí alrededor y estaba solo; entonces notaba que mi mano tenía sangre y, sin comprender nada, un sonido ensordecedor hacía que tomara mi cabeza y cayera al suelo. La pesadilla fue interrumpida de pronto por mi jefe, que dejó caer sobre el escritorio una pila de folders. Me levanté por instinto y quedé completamente erguido.

— ¡Termínalo! —Me espetó en tono molesto.
Bajé la mirada hacia los documentos y respondí:
— Claro.

Me deje llevar por la rutina. Intentaba terminar lo antes posible. Luego de una hora, recibí un llamado de la policía, diciéndome que había ocurrido un evento extraño en mi residencia. Intentaron describirme lo que había pasado, pero la llamada se cortó de repente. Tomé las llaves del auto, y sin despedirme de mis compañeros ni acabar el trabajo, arranque a toda prisa.

Al llegar al lugar, pasé desapercibido sobre los agentes. Pensé en buscar a mi amigo; era lo único que me preocupaba. Al recorrer cada habitación, pude observar la sangre por todos lados. Un ataque brutal había ocurrido en mi domicilio. De pronto caí al piso con un fuerte dolor en el cuello. Había sido golpeado por uno de los policías que estaban en mi casa.

Desde el piso, vi el frasco de medicina que consumía a diario y las pastillas esparcidas a mí alrededor. La memoria me fallaba. Un recuerdo de mis sueños en el parque me vino a la mente. Tenía un cuchillo y sangre en la mano. Volví en mí cuando me levantaron del suelo con las manos esposadas. Entre los dichos de los policías, me acusaban de asesinato. Aunque los escuchaba claramente, me sentía desorientado por un olor putrefacto del que no había sido consciente. Me forzaron a salir de la casa. Pude ver en el trayecto un sinfín de cadáveres adornando los pasillos y habitaciones. Al llegar a la puerta y salir al patio, escuché el bullicio de los vecinos que se amontonaban. Una persona se acercó a mí y, al encontrarse frente a frente me gritó:

—¡Muérete, maldito! No tenías que tratarnos así ¿Quién es el perro ahora? —Juntó saliva y me escupió la cara.

Al verlo detenidamente, noté que era uno de mis amigos y entonces traté de buscar a mi favorito, Bernardo, entre la multitud. No podía creer la traición. Su aspecto me hizo que recordar los sueños que tenía sobre mi persona. Entonces lo observé por unos segundos, y con una mueca malvada, le sonreí, para luego lanzar una carcajada.

Autor: Heráclita
Texto: Espectro

 

R de Lola
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